06 octubre 2014

2. El embalse de La Serena: Agua Multiusos




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A principios del año 1990, entre los “dientes de perro” pizarrosos de la Serena y la Siberia extremeñas, en el curso del río Zújar, surge imponente una obra de ingeniería hidráulica que es modelo en su género tanto desde el punto de vista conceptual como constructivo: es la recién inaugurada presa de La Serena, que se ubica en lo que era el vaso del embalse del Zújar.

Se configura como un elemento clave del modélico proceso de regulación hidráulica que por parte de la Confederación Hidrográfica del Guadiana se está llevando a cabo en las cuencas del Guadiana y del Zújar en Extremadura. Este  grandioso embalse con una capacidad de almacenamiento de unos 3.200 Hm3, se constituye como un reservorio de vital importancia en la regulación de recursos hídricos para subvenir a las demandas de agua con destino a diferentes usos en el sur extremeño.

No faltaban detractores de esta obra que argumentaban, más tarde darían marcha atrás ante la evidencia de los acontecimientos, que ese embalse nunca llegaría a llenarse. Ignoraban que en la Confederación existían datos de bastantes años atrás que medían las aportaciones del Zújar en ese punto y que aseguraban su llenado si el régimen de las mismas era el normal de la serie, como así sucedió una vez superada la sequía extrema que azotó a la cuenca en los años 1992 - 1995.

Uno de los usos a los que se destinarían los recursos regulados en La Serena sería el regadío puesto que el agua conducida a través de una nueva infraestructura como era el futuro canal de Barros, sería utilizada para transformar en riego amplias superficies de tierras que se extendían en una franja de este a oeste de la provincia pacense entre Villanueva de la Serena y la ribera de Olivenza.

Corría el año de 1986 y por entonces yo era funcionario del IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario) organismo que junto con la Confederación formaba parte de una Comisión Técnica Mixta constituida entre los Ministerios de Obras Públicas y Agricultura que se encargaría de estudiar la viabilidad de las futuras zonas regables que se abastecerían, con agua de La Serena, por el canal de Barros que por entonces era una línea en un mapa. Hoy sigue siéndolo pero ya explicaremos por qué más adelante.

El IRYDA recibió el encargo de esta Comisión Técnica, de la que yo era vocal, para llevar a cabo los estudios de aptitud de tierras para el riego que permitieran delimitar las posibles zonas regables y su extensión. En principio y en función de los recursos hídricos regulados se estimaba un máximo de unas 70.000 ha de futuras tierras regables.

Junto con D. Joaquín Bardají, Jefe de Suelos del IRYDA que era un especialista de primer nivel, tuve el honor de ser designado para codirigir estos estudios. Él aportaría la referencia nacional y yo la regional. Seguíamos la metodología del USBR (United States Bureau of Reclamation) cuya sistemática aplicaríamos en dichos trabajos.

Comenzamos con un estudio de reconocimiento detallado a escala 1:50.000 de una superficie de 176.000 ha que se extendía desde los términos de Villanueva de la Serena y La Haba, hasta la ribera de Olivenza.

Ya desde el principio vislumbramos la existencia de tierras de elevado potencial para la transformación en riego de la zona estudiada, que se ubicaban tanto en las suelos francos y franco arenosos de las formaciones aluviales de los cursos de agua que atravesaban la misma, como en los interfluvios en donde se encontraban suelos muy fértiles derivados de la marga caliza cuyo inconveniente, por poner alguno, era su elevado contenido en arcilla y por esta causa eran conocidos como “tierras de barros”.

Posteriormente sobre las tierras aptas en este primer estudio diseñamos otros de nivel semidetallado a escala 1:25.000 sobre cuatro subzonas (Zújar – Matachel, Matachel – Guadajira, Guadajira – Limonetes y Limonetes – Ribera de Olivenza) con el objetivo de delimitar con mayor precisión las tierras regables. Estos estudios quedaron terminados y arrojaron una superficie de posible riego de más de 60.000 ha.

Problemas presupuestarios y el eterno temor reverencial de las autoridades españolas a plantear nuevas zonas regables a la UE - este error ya lo pagaremos antes o después, si es que no lo estamos pagando ya - hizo que se aparcara el canal de Barros y posteriormente se buscasen soluciones alternativas desde la presa del Golondrón y desde las de Alange y Villalba, proyectos que continúan en estudio, pero con una superficie a regar sensiblemente menor. Alrededor de 20.000 ha de riego localizado.

No obstante el canal de Barros, redimensionado, se mantiene, eso sí tímidamente, como posible alternativa en el programa de medidas del Plan Hidrológico de la Demarcación Hidrográfica del Guadiana aprobado en el año 2013, por si no fuera posible la construcción de la presa del Golondrón que tiene problemas medioambientales, con la misión complementaria además de interconectar el embalse de la Serena con el de Villalba y así asegurar desde este último el abastecimiento a las poblaciones de la zona sur de Badajoz, si tampoco fuera posible construir la presa del Bujo que a su vez puede presentar problemas ambientales. ¡Siempre se interpone el medio ambiente, hasta para dar de beber a los ciudadanos!

El agua de La Serena conducida por el canal de Barros cumpliría a su vez otras funciones muy interesantes. Al estar dicho canal en cota superior a la ya transformada zona regable del Zújar, con cerca de 23.000 ha de riego presurizado, permitiría abastecer a esta zona desde Barros y disminuir hasta prácticamente anularlo su coste energético cada vez más elevado, que se ha vuelto insoportable para los regantes desde la derogación de las tarifas eléctricas especiales para riego acontecida en el año 2008.

Por otro lado los recursos hídricos regulados en La Serena han servido para asegurar el suministro de agua a varias mancomunidades que abastecen a importantes núcleos urbanos de la provincia pacense entre otros la conurbación Don Benito – Villanueva de la Serena.

Y también ha cumplido una función fundamental como es la de interconexión de las cuencas del Zújar y del Guadiana a través del túnel reversible que años después construiría la Confederación y que uniendo los embalses del Zújar, contraembalse de La Serena, y el de Orellana permite una mayor flexibilidad y una mejor explotación de los recursos hídricos de la totalidad del sistema.

De igual modo los recursos de La Serena son utilizados para la producción de energía hidroeléctrica en sus centrales a pie de presa, así como para usos turísticos, de ocio y paisajísticos.

 Todo ello me ha llevado a calificar al agua de La Serena como un agua multiusos: sirve para asegurar el abastecimiento urbano de muchos núcleos pacenses y alguno cacereño de la cuenca, aumentar nuestras superficies de riego, asegurar agua para suministros industriales, entre otros las numerosas plantas termosolares previstas, actualmente en proceso de congelación, generar energía hidroeléctrica a pie de presa y asegurar la flexibilidad en la explotación del sistema con sus interconexiones: la actual reversible ya realizada con el Guadiana en el embalse de Orellana y la posible con el embalse de Villalba a través del canal de Barros que serviría también para reducir al mínimo los costes energéticos en la zona regable del Zújar. Por otra parte esa agua embalsada se utiliza también para usos turísticos, de ocio y paisajísticos.


 En conclusión, por los múltiples objetivos que ha cumplido y todavía puede cumplir, considero que la construcción de la presa de la Serena fue un acierto y hay que felicitar por ello a la Confederación Hidrográfica del Guadiana y a todos los que la hicieron posible con su trabajo y esfuerzo, en esta efeméride del 25 aniversario de la entrada en servicio de este emblemático embalse.

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