13 octubre 2014

3. La garantía del ahorrador




Quien vive de una renta o tiene un sueldo asegurado siempre, pase lo que pase, puede ajustar sus gastos sin problema, le basta con dejarse un pequeño remanente para algún pequeño imprevisto. No significa esto vivir en la abundancia.

Quienes han vivido la situación de vivir a emboladas, quién recibe un encargo millonario cada tres o cuatro años y lo encadena con largos periodos en los que no ingresa un céntimo, sabe que sus gastos no pueden esperar a esa inyección que no se sabe cuándo vendrá. Sólo tiene dos opciones, o ahorrar cuando la cosa ha ido bien, o pedir prestado cuando las vacas flacas.

Ahorrar depende de él. Que le presten, no. Quien tiene hijos que alimentar, no tardará mucho en decantarse por la primera opción. Tengo que guardar lo que repentinamente me entra para ir tirando. Todo esto es absolutamente obvio para casi todo el mundo.

No es tan obvio pero sí muy similar en el caso de los ríos españoles. Tenemos ríos funcionarios, que llevan un caudal más o menos previsible, a los que aún dentro de su posible modestia no les falta nunca algo que llevar a los que de él viven. Siempre están ahí cumpliendo.

En el caso opuesto tenemos los explosivos ríos de la vertiente mediterránea y otros de la zona silícea española. La irregularidad y explosividad de las precipitaciones en los primeros, y la falta de un suelo que retenga algo de agua de unas míseras precipitaciones en los segundos, los convierte en ríos bohemios.

El río Zújar es un padre de familia numerosa de carácter muy bohemio. Y con tal pinta de bohemio no tiene quien le preste para llevar el pan a casa. Sus hijos le plantaron cara y le dijeron que así no se podía seguir, o ahorras algo cuando esporádicamente vendes una escultura monumental o nos tendremos que marchar de casa o morirnos de hambre.

Parece que en España entender esto en el agua no es tan obvio. Los prejuicios, las etiquetas y la enfermiza manía española de opinar sin saber llevan de una manera inevitable al tópico de la obra faraónica, del afán de inundar por inundar o de buscar el único beneficio de la obra en el enriquecimiento de un desalmado constructor.

Las cifras de la Serena, una vez que ya han pasado veinticinco años desde que empezó a funcionar como hucha, hablan por sí solas. La necesidad de regulación era indiscutible y la situación que se ha conseguido con ella es admirable. La posibilidad de utilizar hoy de forma programada un agua llovida torrencialmente hace más de un lustro es, aunque mucha gente se empeñe en negarlo, el progreso. Significa que quien vive aguas abajo puede saber qué va a ser de su vida en el futuro. No quiere decir que vaya a ser rico, sólo que tiene asegurado algo muy importante. Y además, que ese algo no se lo llevará la próxima riada, que antes o después se va a presentar.

Lo dicho, creo que no puede ser más objetivo. 

El precio que se paga por convencer al bohemio de que ahorre, o más bien de que beba la misma absenta pero de forma repartida, es alto, claro que sí. Inundar 14.000 hectáreas, ni más ni menos. 14.000 hectáreas de paisajes, caminos, casas, pastizales y arbolados que, por supuesto, tienen un valor irrepetible, pese a que a primera vista se trate en general de lomas estériles, ¿pero por qué no puede considerada como útil para un paraje la mera posibilidad de guardar agua? La seguridad de poder regar la vega del Guadiana sin que ese año haya llovido prácticamente nada, teniendo asegurado ese pequeño detalle insignificante que es el agua, compensa, como poco, el sacrificio. 

Una obra como la de la Serena debería enorgullecer a un país entero. Un país que debería ir despegándose ya de los tópicos de la herencia franquista. La Serena, como la mayoría de las presas españolas, debe ser motivo para presumir.

Presumir de tener la capacidad como estado y como sociedad bien organizada la de acometer una obra de este calado, de cumplir con la responsabilidad de proporcionar a una comarca la posibilidad de desarrollarse y vivir mejor. Presumir de tener desalmados constructores capaces de levantar de manera impecable estas moles.

Deberíamos enseñarlo, tenerlo a la vista de todos, concienciar a la sociedad de lo importante que es tener un almacén donde guardar tantísimo agua. Transmitir el beneficio y nuevas posibilidades que da, desde muchos otros puntos de vista aparte del económico, tener ese inmenso lago ahí.

Cuando se viaja por La Serena, es inevitable parar a mirar y admirar la enorme superficie de agua que aguarda a ser utilizada. A casi todos, no sé por qué razón de nuestra innata condición como humanos, nos gusta, nos calma mirar tanto agua.

A la mayoría de la gente le gusta leer en la prensa que los embalses este año se encuentran con unas reservas muy altas de agua. La mayoría de la gente se preocupa cuando estas reservas bajan comprometiendo el abastecimiento a corto plazo si no llueve. ¿Por qué sin embargo esa misma mayoría de la sociedad sigue teniendo la opinión de que las presas son malas y sigue acordándose del “queda inaugurado este pantano”?.


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Pues muy probablemente la culpa sea precisamente de los que nos hemos dedicado de una manera oscura y callada a sacar adelante estas obras. Será, pues, responsabilidad nuestra romper el tópico, hacernos valer y poner la primera piedra para conseguir, no que vanidosamente se valore nuestro trabajo, si no que se conozca y valore lo que se tiene, que lo hemos hecho y pagado entre todos y no debemos sentir vergüenza por ello.






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