02 diciembre 2014

8. Varios recuerdos y una anécdota



Cuando hace unas semanas me llamó Paco Barbancho invitándome a que escribiera algo sobre el 25º aniversario de la inauguración de la Presa de La Serena, diciéndome que era una de veinticinco personas escogidas, mis sentimientos fueron evolucionando: al principio satisfacción porque hubiera pensando en mí, pero rápidamente intenté escabullirme pues pensé que yo no sé nada de la citada presa y finalmente no pude escaparme porque me dijeron que bastaba con que escribiera algo sobre mis recuerdos de entonces y claro, recuerdos si tengo.

Dicho esto a modo de exculpación pues no voy a aportar nada técnico que merezca la pena porque, los que me conocéis sabéis que mis conocimientos hidrológicos no van más allá de saber cuál es la margen derecha y la izquierda, pero eso sí, he cogido a las obras de hidrología mucha afición, consecuencia de la multitud de recepciones de obras a las que he asistido como representante de la Intervención General de la Administración del Estado y de las completísimas explicaciones que pacientemente me han dado los ingenieros directores de las obras.

Mis primeras noticias de la Presa de la Serena las tengo cuando soy nombrado Interventor Delegado en la Confederación Hidrográfica del Guadiana en 1986 (creo que soy uno de los pocos que sigo en el mismo sitio desde entonces, que como están las cosas tiene mérito) y me habla el entonces Presidente, Pepe Luna, de que están construyendo una presa de 3.200 Hm3; yo evidentemente no sabía cuánto era eso, pero tenía como término de referencia el Pantano de Cijara que tenía 1.500 Hm3 y me pareció una exageración que fuera más del doble, aunque me surgió la duda porque Paco Guisado (a la sazón Director Técnico) mantenía lo mismo y además que era la más grande de Europa…lo puse en cuarentena y empecé a solicitar, por mi curiosidad profesional interventora, otra información a personas más sosegadas como Gonzalo Soubrier y para mi sorpresa seguía insistiendo. Más tarde conocí a ese genio que es Manolo Barragán (me hablaron de su máquina para hacer canales semicirculares) y a su inseparable Esteban González y pensé que tenía que ser verdad.

A partir de ahí me decidí a visitar las obras (confesaré que sin chaleco amarillo y sin casco, supongo que entonces no había nada que prevenir o que no habían riesgos laborales) y lo hice acompañado de Juan José Leal, Ingeniero Técnico que vivía en el poblado de Puerto Peña y ya empecé a darme cuenta de la importancia de aquello.

Pasado el tiempo a finales de 1989 tuve el honor de ser uno de los que firmaron el acta de recepción de la obra en representación de la Intervención General del Estado y mi participación suponía la osadía (eso sí asesorado por un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos del Estado, que creo recordar que era Roberto Díaz Franco q.e.p.d) de afirmar que: “comprobaba que la inversión de unos 12.000 millones de pts se había efectuado conforme el proyecto”, casi nada. 

También tuve el honor de asistir el 2 de febrero de 1990 a la inauguración hecha por los Reyes D. Juan Carlos y Dª. Sofía y tengo una anécdota que recuerdo, por su importancia para mí, literalmente. Me presentó al Rey el Presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, y le dijo mi nombre y añadió: Interventor de Hacienda, contestando el Rey: “Hombre, el amo de las perras, como Sabino” (Fernández Campos, entonces Jefe de la Casa Real, que deduje le tendría limitados los recursos). Yo me quede mudo y me retiré pensando en la “alta estima” que S.M. tenía a los Interventores.

Concluyo, como he dicho mis limitaciones técnicas no me permiten valorar las consecuencias de esta fenomenal obra, pero quiero reconocer como emeritense de nacencia y extremeño de vivencia, desde el recuerdo de las enormes riadas del Guadiana a su paso por Mérida que, cada pocos años destruía los barrios del Bizcocho (margen izquierda) y de las Latas (margen derecha) dejando a la intemperie a muchas familias, la enorme labor desarrollada por la Confederación Hidrográfica del Guadiana y sus miembros durante muchos años en Extremadura pues sin ella el grado de prosperidad alcanzado hubiera sido imposible.

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Este último párrafo me permite felicitar a los impulsores de esta iniciativa, en primer lugar por el acierto de su nombre “Agua Civilizada” pues no se puede decir más con menos y en segundo lugar por no acomodarse en “el dulce no hacer nada” y habernos hecho recordar a nosotros mismos y a los que estas notas hayan leído, la efemérides de esta gran obra. 


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