06 marzo 2015

Inteligencia, sí; cemento, también




Al hilo del debate de moda estos días sobre las medidas que se podrían haber adoptado  para haber reducido los efectos de la crecida del Ebro, la opinión sobre la inevitabilidad  y la escala sobrehumana de estos fenómenos, asociado a la imposibilidad de domeñar los ríos y ciertas intervenciones contraponiendo el uso de técnicas humanas para domesticar a la naturaleza (¡ese grito de “cemento no, inteligencia” que se ha oído en las redes sociales!) creo que cabe aportar algunas reflexiones.


La actividad humana en gran medida se basa en discutirle a la naturaleza determinadas potestades, no con ánimo de vencer de modo aplastante, pero sí de conseguir unas condiciones que faciliten la vida del hombre (y si puede ser más cómoda, mejor).

Desde que se empezó a calentar (hoy diríamos climatizar) el ambiente dentro de una cueva mediante un fuego de leña (se supone que tras que Prometeo nos entregara el arcano saber del fuego, lo que le condenó al suplicio eterno por parte de esos mismos dioses que serían la representación de los poderes naturales) nos hemos dedicado a enmendarle la plana a la naturaleza.

¿Quién se atreverá a decir que no estamos en nuestro derecho? Cualquier especie usa sus habilidades para sobrevivir (o para mejorar sus expectativas vitales). ¿A quién se le ocurre mantener que la tierra es un paraíso que mana leche y miel? La tierra solo da los frutos de lo que se siembra y laborea  y el acto de cosechar no es más que una forma elegante de llamar al proceso de arrancarle a la tierra el resultado de un trabajo que conlleva sudor y esfuerzo.

Pretender por tanto, que una simple actitud contemplativa (y en algún caso hasta condescendiente con el entorno) va a permitirnos mantener unos estándares de vida que nos henos puesto como referencia no es una actitud solo ilusoria, sino que puede ser hasta criminal.

Los recursos y fenómenos naturales son el escenario y la carpintería teatral en la que se desarrolla el drama de la vida. Si nuestra inteligencia (que es nuestra principal arma) diligencia o sensibilidad nos permiten adaptarlos a nuestras necesidades o incluso a nuestros gustos (los jardines franceses de Versalles no están constituidos por otra cosa que por especies vegetales existentes en nuestro planeta, estéticamente distribuidas) no cumpliríamos los propios designios de la evolución natural como queda perfectamente descrito en la obra de Darwin.

Por tanto ante circunstancias como las inundaciones del Ebro cabría decir: “resignación no, actividad”. Y toda actividad es poca. Usando la inteligencia, regúlese, dráguese, retírense instalaciones que no sea conveniente que estén en zonas inundables, úsense las zonas de márgenes como “embalses verdes”...


En definitiva, usemos toda la inteligencia de la que la propia naturaleza nos dotó, y no tan solo aquella parte que nos conduzca a adoptar soluciones que coincidan con las derivadas de nuestros propios prejuicios.

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