15 mayo 2015

En la bicicleta del blondín. Por Jorge Soubrier


O del andarivel que dicen los ingenieros más clásicos, ya que lo de blondín ni siquiera lo consideran en el DRAE. En la construcción de la presa de La Serena consistía en una rampa inclinada de casi 200 metros de longitud magníficamente anclada al macizo rocoso, con dos carros que se movían sobre un carril en el cerro de la margen derecha y un punto fijo sobre una enorme torre metálica situado en lo más alto del cerro del estribo izquierdo. Unos cables los unían para cargar los cazos de hormigón y llevarlos con gran precisión y rapidez al bloque que lo demandaba. Los dos cables, los dos cazos (unas 20 Tm cada uno), trabajaban continuamente, 24 horas al día y colocando el hormigón, poco más de un millón de metros cúbicos, en poco más de un año. Pocos años antes se habían hecho más de 40 sondeos con extracción de testigo continuo y muchos otros estudios hasta la redacción del proyecto. Y antes trabajaron decenas de personas otros dos años preparando todas las instalaciones que permitirían levantar la presa. La administración, la CHG, había logrado colar a Choni, mi cuñada, de espía, de Secretaria del Director Gerente y del Jefe de Obras sin que ellos lo supieran (no fue así pero lo llegaron a pensar).


Era 1987 y, por entonces, yo recababa material, redactaba y estudiaba 40 temas de oposiciones para alcanzar –felizmente- la categoría de funcionario de Organismos Autónomos. La Serena al igual que la presa de Los Canchales, cada una en su estilo, eran obras singulares donde las hubiera y nunca serían desatendidas por el geólogo-estudiante. 

Me puse a disposición de Manolo Barragán para hacer el estudio y seguimiento geológico-geotécnico de la cerrada, de la excavación del aluvial del río Zújar, las características de las grauvacas, sus micropliegues de eje subvertical y sus diaclasas de relajación subhorizontales. Hasta teníamos un dique de diabasas aflorando cerca del estribo derecho.
Me llamaban desde la obra: 

-Mañana está listo el bloque 24.


De entre los bloques de la zona del cauce, estaba el 24 bajo 15 metros de aluvial. Ya preparado el encofrado, ya limpia la roca del cimiento, me llamaban para cartografiar y hacer fotos. Aún no existían las cámaras digitales, pero si habían carretes para treinta y seis fotos (se lograban 38 o 39) y se intentaba documentar lo mejor posible las características geológicas y geotécnicas. ¿Qué mejor que hacerlo cuando el bloque, cada bloque, estaba limpio, listo para recibir el primer mortero? Un recorrido por el mismo a pie, con el martillo, la brújula, la libreta de notas y la cámara de fotos. Y después (o antes) nos subíamos por la zona de la rampa a la bicicleta del blondín. Se aprovechaba esa parada de la función principal del blondín (transportar hormigón, grúas, encofrados, etc.) para hacer fotografías y, reconozco que más importante, para labores de mantenimiento de tan importante dispositivo. 

Manolo Barragán me acompañaba a la mínima que podía, así como Rafael Castillo, el Jefe de Obra, se sumaba al recorrido por las alturas. Era una excursión segura y hasta divertida si no tenías problemas de vértigo; un poco menos amena si coincidía con alguna brisa procedente del norte y en los meses de invierno, en que venían muy bien un gorro debidamente anclado y unos guantes. A comer a El Paraíso de Esparragosa de Lares y, más tarde, en la misma obra, nos atendía Silverio “El Equivo-cao”.

Mientras la presa salía de cimientos, ocasionalmente, los Directores de las Obras, Manolo (casi siempre con Esteban) escapaban de su seguimiento y organizaba algún que otro menester geológico-geotécnico. Transportados por Manolo Rodríguez en el Land Rover, acudíamos a ver la campaña de sondeos que llevaba a cabo el Servicio Geológico (con José Miguel Barbazán a la cabeza –cuanto aprendí de Barbazán, de geotecnia, de ingeniería civil, de presas-) en la cerrada y cantera del Pilón de los Arcos. También hacíamos una excursión para buscar fósiles en el Devónico (braquiópodos del Frasniense y del Fameniense) de la sierra de Santa Eufemia, seguíamos las características de las cerradas de Las Perdigueras y de San Benito sobre el río Guadalmez, situábamos sondeos al tiempo que reconocíamos una amanita muscaria en el bosque de eucaliptus de Gargáligas mucho antes de hacer la presa homónima. Y hasta me atrevía a discutir con Barragán acerca de la conveniencia o no de abordar la presa de Fernández Casado (Los Montes), situada en cola del embalse de Cijara. Discutíamos allí mismo, en la propia cerrada, en tanto comíamos una tortilla de patatas y unos filetes empanados que nos habían preparado en la Residencia de Zújar, ya que tal fallido emplazamiento andaba lejos, aislado, tirando por la carretera de Villarta de los Montes y tras muchos kilómetros de camino.



Barragán que sí; yo que no. Años después hube de rendirme a la evidencia, a la experiencia de quien tiene mil datos archivados en la cabeza y perfectamente analizados. Los datos están ahí: Se podía haber hecho la cuarta presa sobre el Guadiana para seguir embalsando agua, salvo por la tajante oposición de los habitantes de Puebla de Don Rodrigo (conste que yo no estaba aquel día entre aquellos vecinos). En definitiva, en lo que era responsabilidad de la cuenca de aportación, los ciclos de lluvias habidos desde finales de 1995 han vuelto a demostrar su viabilidad.

Tengo claro que, para la CHG, para los regantes y habitantes de la Baja Extremadura y, por supuesto, para mí, la de los 80 fue la década prodigiosa en la maravillosa cuenca del Guadiana. 

Anímense quienes  deciden para exprimir este macro embalse de La Serena y la gran capacidad de regulación que tenemos, aumentémosla abordando las presas que restan por hacer en la margen izquierda del Guadiana y, sobre todo, el Canal de Barros. El conjunto de infraestructuras hidráulicas en explotación en las dos márgenes del Guadiana serían dignas de admiración y de envidia a nivel nacional y, más aún, a nivel mundial. Créanme.

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